The magic of Cuetzalan
by Jimm
Budd
(en español, también)
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The
magic begins long before you actually reach El Pueblo Magico de Cuetzalan high
in the northern sierra of Puebla, some 200
kilometers from the Federal District. As you
turn off into a cloud, what had been a 21st Century highway deteriorates
into a pot-holed two-lane blacktop similar to the roads of Mexico before
you were born. I made the five-hour journey aboard a bus, a wise option
considering all the twists and turns along that frighteningly narrow, foggy road.
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| Once
in town, streets paved with stone turn into stairways. Only natives know how to
get around. Cuetzalan is blessed with many tiny, rather modest hotels. Mine,
not quite in the historic heart, was a Centro Ecoturistico called Taselatzin,
which I eventually learned to pronounce. Rates start at 440 pesos per night – a
bit more if you want television in the room – nice in this era of economic
crisis. Discounts are available from Monday through Thursday. True, Taselatzin is
not a Ritz Carlton, but it has its charms.
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While hotel rates are low, getting around Cuetzalan costs money.
Mini vans provided transportation from my hotel into the center of town at four
pesos a ride. Taxis – resurrected Volkswagens from the Federal
District – cost ten times as much. Considering what the damage the
stone-paved streets inflict on tires, one can hardly complain. Another option
are trucks fitted with seats where cargo should be. Passengers are freight. Climbing
aboard can be something of a challenge. Cuetzalan is not what anybody could
call handicap accessible.
The
historic center is historic indeed, although I doubt that any of the structures
date back to the mid Fifteenth Century when Cuetzalan was first settled by collectors
of quetzal feathers who delivered them as tribute to Tenochitlan. Quetzals
since have become extinct in the area.
Spanish
friars arrived about 1555. Life appears to have changed little since then. Women
float about in flowing white skirts and embroidered blouses adorned with scarlet
shawls. Compared to these ladies, Cuetzalan señoritas in jeans and tops appear
quite drab. Many local males wear all white as well, their trousers bound up
about the ankles, a machete frequently dangling from a belt. Older folk go
barefoot. The younger people sport huaraches. Nahuatl is the language they
prefer.
The ladies peddle
handicrafts – cloth woven on primitive looms, minuscule items carved from wood
and similar items – as any tourist quickly learns. Settle down a moment for a
cappuccino – Cuetzalan is famous for the coffee grown in the surrounding hills
– and a queue will form before you, each woman patiently waiting her turn to
display wares nearly identical to what you have just seen.
That
changes on Sunday when a open market spreads out across the plaza, spilling
into the surrounding streets. The ladies in white become shoppers, haggling
with female merchants wearing tennis shoes, slacks and anything else
nondescript they can find.
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Sunday
entertainment is provided by what I have heard called Flying Indians. Five
scramble up a 25-meter-high pole in the center of the plaza. One remains on top,
beating a miniature drum and blowing through a flute while the other four leap
into space, sustained by a rope around the ankles, to whirl slowly 13 times
before reaching the ground. Watching them left me dizzy.
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Only
slightly higher than the pole from which the flyers fly is the tower of the parish
church, on which construction began in 1790. The adjoining city hall is said to
resemble de Basilica of San Juan de Letran in Rome, yet dates back only to 1941. You might
easily wonder how funds were found to build such a monumental structure.
Exploring
the stony streets edged by ancient structures roofed with ancient tile kept me
busy my first day. Excursions are available to nearby waterfalls, caves and the
Yohualichan archaeological zone, which may have been built by the Totonacs
perhaps 1,500 years ago. I opted for the waterfalls near San Andres Tzicuilan at
Las Brisas, which involves something of a hike, although most of the walkway is
paved. Most of it. I was told only 20 minutes are needed to reach the falls,
which may be true if you are 20 years old. Maybe 30 minutes if you are 30, 40
minutes of you are 40. I never got there.
Magical
Cuetzalan is home to no cinemas, although I saw two discotheques advertised. Geezer
that I am, I went to hear a concert at the House of Culture, which was free. The
adolescent musicians came from another village not very far away. Surprisingly,
the evening started out with what I took to be the German national anthem, only
to be told it was a piece by Haydn that served as the Austrian hymn when Austria
was an empire. Not quite what you expect to hear in the remote Puebla sierra.
Cash
machines do exist at the two banks in Cuetzalan, but they spill out cash only
to those who hold their brand of credit card. Happily, cards were accepted at
my hotel and at any restaurant where I ordered a meal. River shrimp called acamayas are the local specialty. There are several
delightful, inexpensive places to eat. With that, who needs cash?
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La
magia de Cuetzalan
por Jimm Budd
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La magia empieza mucho
antes de que llegues al Pueblo Mágico de Cuetzalan en los altos de la norteña Sierra
de Puebla, a unos 200 kilómetros del Distrito Federal. Mientras que te metes en
una nube, lo que había sido una autopista del siglo XXI se deshace en una estrecha
travesía de dos carriles parecida a las
carreteras de México antes de que nacieras. Hice el recorrido de cinco horas desde
el Distrito Federal en un autobús, elección juiciosa si pensamos en todos los
rodeos y vueltas que presenta esa estrecha carretera frecuentemente llena de
niebla.
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Una vez llegados a la ciudad, las calles empedradas se
convierten en escaleras. Sólo los nativos conocen el camino. Cuetzalan cuenta
con numerosos y minúsculos hoteles bastante modestos. El mío, sin estar del
todo en el centro histórico, era un Centro Ecoturístico llamado Taselatzin,
cuyo nombre acabé por pronunciar correctamente. Las tarifas van de 440 pesos
por noche en adelante (un poquito más si quieres televisión en tu cuarto)
precio agradable en esta época de crisis económica. Se consiguen descuentos de
lunes a jueves. Como cabe esperar, Taselatzin no es un Ritz Carlton, pero tiene
sus encantos.
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| Aunque las tarifas
hoteleras son bajas, moverse en torno a Cuetzalan cuesta dinero. Unas mini camionetas
proporcionan transporte desde mi hotel hasta el centro de la ciudad por una
cuota de cuatro pesos. Las taxis (unos Vochos resucitados del Distrito Federal)
cuestan diez veces más. Si pensamos en el daño que las empedradas calles causan
a los neumáticos, no cabe quejarse. Otra opción la ofrecen los camiones, que en
realidad son camiones. Los pasajeros son flete. Trepar a ellos puede ser u reto.
Cuetzalan no es ni mucho menos algo que pudiéramos llamar accesible para
minusválidos.
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Los frailes españoles llegaron hacia 1555. La
vida parece no haber cambiado gran cosa desde entonces. Las mujeres flotan en
sus blancas faldas y blusas adornadas con huipiles bordados en colores. En comparación
con ellas, las señoritas de Cuetzalan en jeans y tops resultan menos atractivas.
Algunos varones del lugar también se visten todo de blanco, con sus pantalones
atados alrededor de los tobillos, y con frecuencia les cuelga de un cinturón un
machete. La gente de mayor edad camina descalza. Los más jóvenes prefieren los huaraches.
El náhuatl es la lengua que prefieren.
Las damas ofrecen
artesanías (tortilleros, servilleteros, aisladores de paja, minúsculos
artículos tallados en madera y artículos parecidos), algo que cualquier turista
aprende a distinguir con rapidez. Siéntate un momento a disfrutar un capuchino (Cuetzalan
es famoso por el café cultivado en las colinas circundantes) y se armará una
ola delante de ti, en la que cada mujer espera con paciencia su turno para
mostrar artículos casi idénticos a los que acabas de ver.
Eso cambia los domingos cuando un tianguis
se extiende por toda la plaza, derramándose sobre las calles circundantes. Las
damas en blanco se convierten en marchantes que discuten con las marchantes que
traen zapatos tenis, prendas sueltas y cualquier otra cosa que hayan podido
encontrar.
La diversión dominical la proporcionan unos
seres a los que según he oído se les llama los Indios Voladores. Cinco de ellos
trepan por una percha como de 25-metros de alto en el centro de la plaza. Uno
de ellos se queda arriba, aporreando un tambor en miniatura y soplando una
flauta mientras los otros cuatro brincan al espacio, sujetos por una cuerda que
les rodea los tobillos, revolviéndose despacio trece veces antes de llegar al
suelo. Con solo miarlos me sentí mareado.
Apenas ligeramente más alto del mástil en
la que los voladores vuelan es la torre de la parroquia, cuya construcción
empezó en 1790. se dice que el antiguo palacio municipal se parece a la Basílica de San Juan de
Letrán en Roma, solo que apenas se remonta a 1941. Sin duda te preguntarás como
consiguieron los fondos necesarios para edificar semejante estructura
monumental.
Explorar las empedradas calles rodeadas de
vetustas construcciones techadas por viejos mosaicos me tuvo ocupado mi primer
día. Se cuenta con excursiones a puntos de interés como cascadas de agua, grutas
y la zona arqueológica de Yohualichan, posiblemente edificada por los totonacas
tal vez hace 1,500 años. Yo me decidí por las cataratas cercanas a San Andrés
Tzicuilan en Las Brisas, lo que obliga a practicar cierto senderismo, si bien en
mayoría el andador está pavimentado. La
mayoría. Me dijeron que solo hacen falta 20 minutos para llegar a las cascadas,
algo que puede ser cierto si tienes veinte años. Tal vez 30 minutos si tienes 30,
40 minutos si tu edad ronda los 40 años. Yo nunca llegué.
El Cuetzalan Mágico no alberga cines,
aunque vi el anuncio de dos discotecas. Como soy un antigüedad, fui a escuchar
un concierto en la Casa
de Cultura, que era gratuito. Los músicos eran adolescentes procedían de otra
aldea no muy lejana. Me sorprendió que la velada se iniciara con algo que a mi
me pareció ser el Himno Nacional de Alemania, pero me dijeron que solo era una
pieza de Hayden que hacía las veces de Himno Austriaco cuando Austria era un
imperio. No es realmente lo que esperarías oír en la remota sierra de Puebla.
Existen cajeros automáticos en los dos
bancos de Cuetzalan, pero solo surten de efectivo a aquellos que dispongan de
tarjeta de crédito aceptada por ellos. Afortunadamente, las tarjetas fueron
aceptadas en mi hotel y en cualquiera de los restaurantes en los que pagué una
comida. Las acamayas son la especialidad local. Existen varios lugares
deliciosos y baratos donde comer. Con eso ¿Quién necesita efectivo?
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