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CAMPECHE
               Bastions and Buccaneers 

                                                                                      by Jimm Budd

(en español también)


              Campeche is enjoying a renaissance.  For the past century-and-a-half the old historic center, once protected by bulwarks and bastions, decayed in the heart of a city that had nothing much to live on but its memories.       

        That trend is bringing in busloads of youthful Europeans who want to experience the lore of the Pirates of the Caribbean in person, not the way some theme park designer imagined things.

          The Europeans are attracted as well by fascinating yet little-visited Maya ruins as well as by the prospect of hacking their way through jungles and perhaps spotting a jaguar or, at least, a monkey.         

         Indeed, in some ways Campeche all but ignores the Gulf of Mexico whose breezes keep it so delightfully cool.  The city is famous for its seafood restaurants, but none look out on the waterfront.  Hotels by the Malecón disregard the ocean.  Newest inn, the tiny yet enchanting Regis, lies within the confines of the ancient walls.         

        Those lucky enough to find their way to the old port take tours in ersatz streetcars through narrow, cobbled streets that huddle behind battlements and, once the sun has set, enjoy the most spectacular, well-produced light-and-sound show staged anywhere in the republic, thrilling to rousing tales of the swashbuckling cutthroats who prowled the seas not so long ago.

          After the show it’s on to an appealing bistro by Los Portales de San Francisco to sup al fresco beneath the arches.  A more romantic spot would be hard to find. 

         That the area was settled at all astounds.  The first would-be conquistador, Francisco Hernández de Córdoba, was killed in 1517 along with some 20 of his men during a battle with the local Maya near what the inhabitants called Ah-Kan-Pech, which translates into “place of serpents and garrapatas” and sounds like a good place to avoid. 

         The forests are what made it appealing.                   Back in the viceregal era, palo de tinta and other hardwoods as precious as gems brought settlers to Campeche and produced wealth almost on a par with that of the great silver cities.  Such wealth attracted pirates, English, French and Dutch corsairs -- “Lutherans” according to early chronicles -- who took turns swooping down to plunder the richest port south of Veracruz on the eastern coast of New Spain.               

        That finally led to the defensive walling of the city, a fortification complete with drawbridges, parapets and baluartes. Boiling oil could be poured on attacking hordes from overhanging ledges.  Little boys love the spot, especially when they learn about sharpened stakes that poked up through pools of lye in the moats. The whole site is like something out of the Middle Ages.          Once the wall was completed and citadels erected in the hills overlooking the city, the pirates stayed away.  This, one gathers, was something of an anticlimax. And, as threat of attack ebbed, parts of the wall were nibbled away.  But the baluartes still stand, although the mighty Sea Gate is now a few blocks from the sea, for Campeche has been reclaiming land from the Gulf.                  The baluartes now serve as museums, the Land Gate, venue of the light and sound show, focusing on the pirate era while the Sea Gate displays sculptures and stelas carved by the Mayas.

         Campeche state boasts more Maya ruins than Yucatán or, for that matter, any other entity of the Maya World. Other sites are better known, but few can quite match the glories of Edzna with its skyscraper pyramid towering over the remains of a metropolis that thrived for more than one thousand years. Edzna lies only 55 kilometers from Campeche City.


 CAMPECHE          

 El Tesoro de los Piratas                             

por Jimm Budd                  

         La ciudad de Campeche empieza a gozar de un merecido renacimiento. Su hermoso centro histórico, antaño protegido por baluartes y bastiones, se deterioró durante los últimos ciento cincuenta años, cuando la ciudad parecía no tener gran cosa de qué vivir como no fuera de sus recuerdos.

            Es precisamente esa característica la que está atrayendo ahora a cientos de europeos deseosos de conocer personalmente la verdadera tradición de los piratas del Caribe, y no la fantasía recreada en unos famosos parques de diversiones.

            Los europeos se sienten atraídos también por las fascinantes – aunque poco conocidas – ruinas mayas que existen en la entidad, y por la perspectiva de abrirse camino a machetazos en la selva y poder divisar, con algo de suerte, un jaguar o por lo menos un mono. Nadie viene en busca de las playas.

          En realidad, en cierto modo Campeche le ha dado la espalda al Golfo de México, cuya brisa la mantiene tan deliciosamente fresca. La ciudad es famosa por sus restaurantes de mariscos, pero ninguno tiene vista al mar. Los hoteles próximos al Malecón no le ponen mayor atención al océano, y el último en construirse, el diminuto Regís, está dentro de los límites de las antiguas murallas.

         Quienes tienen la suerte de descubrir la ruta al viejo puerto, emprenden paseos en una imitación de tranvía por las estrechas y empedradas calles que se apiñan detrás de las almenas. Luego, una vez que el sol se ha puesto, acuden al espectáculo de luz y sonido más impresionante y mejor producido de toda la República, para emocionarse con los ardorosos relatos de los bucaneros de capa y espada que merodeaban por el oleaje en épocas pasadas.

         Después del espectáculo toca el turno a un atractivo café en los portales del barrio de San Francisco, para cenar al fresco bajo los arcos. Sería difícil encontrar un lugar más romántico.

        Los primeros españoles llegaron a esta zona en 1517 comandados por Francisco Hernández de Córdoba, quien murió como resultado de las heridas que le infligieron los mayas en una batalla cerca del sitio conocido por sus habitantes como Ah-Kin-Pech, que quiere decir “lugar de serpientes y garrapatas” y que a juzgar por su nombre resultaba el sitio perfecto para huir de él.  Fueron sus bosques tropicales los que lo hicieron enormemente atractivo. 

        Durante el Virreinato, el palo de tinte y otras maderas duras, que eran tan apreciadas como las mismas gemas, atrajeron a los colonizadores a Campeche y produjeron riquezas casi equiparables a las de las grandes ciudades productoras de plata. Esas riquezas atrajeron a su vez a los piratas y corsarios ingleses, franceses, holandeses –“luteranos”, según las primeras crónicas– que se turnaban en sus correrías para saquear al más rico de los puertos situados al sur de Veracruz, en la costa de la Nueva España.

        Lo anterior obligó a levantar alrededor de la ciudad una muralla con todo y almenas, así como los baluartes con sus puentes levadizos y torreones, desde los que se podía derramar aceite hirviendo sobre las hordas atacantes. A los niños les encanta este lugar, sobre todo cuando les cuentan de las afiladas estacas que sobresalían de las charcas de lejía de los fosos. El sitio parece como salido de la Edad Media.

         Una vez concluida la muralla y levantados los fuertes en las colinas que dominan la ciudad, los piratas se mantuvieron lejos de Campeche, lo cual, según parece, fue una especie de anticlímax. Al cesar la amenaza de los ataques, partes de la muralla comenzaron a desaparecer.  Hoy todavía están en pie los baluartes, pero la imponente Puerta de Mar está a unas cuantas cuadras del mar, porque Campeche le ha venido ganando terreno al Golfo.

         En la actualidad, los baluartes albergan museos, la Puerta de Tierra es escenario para un espectáculo de luz y sonido que recrea la época de los piratas, y la Puerta de Mar exhibe esculturas y estelas talladas por los mayas.

          El estado de Campeche tiene más sitios arqueológicos que Yucatán y, si a eso vamos, que ninguna otra zona del mundo maya. Otros sitios son quizá más conocidos, pero pocos llegan a igualar la belleza de Edzá, con su pirámide de cinco pisos que descuella sobre los restos de una metrópoli maya que floreció durante más de mil años. Edzna está a sólo 55 kilómetros de la ciudad de Campeche.